De la extrañeza de los días.

Un viaje, cientos de kilómetros recorridos, comidas en envases de plástico, la música de las estaciones de radio lejanas, las papas provenientes de un tubo, la llegada a la ciudad de destino, entre las sombras de la noche, los policías redoblando la vigilancia al estar un importante personaje cerca de ellos, las sirenas y las luces que se unen a las de la ciudad, el hotel de lujo, la sorpresa de la tina y la posibilidad de hundirse en ella, quisieras un whisky doble para emular la escena de Nosotras que nos queremos tanto,  a  ratos deseas ser alguien más, porque no un personaje de Marcela Serrano, quien te acompaña en esta locura de dia, pero no lo haces, finalmente te asumes y pides una copa de vino, y una ensalada, de la tina es el pijama comprado a última hora  porque el tuyo descansa plácidamente en tu casa, lo recordaste a mitad del camino y ahora debes dormir con un pijama que te queda sobrado y que delata dónde has estado.

Son las almohadas mullidas, es el sexo hasta el derrame y en la madrugada, las sábanas blancas y los gemidos, el cambio de postura, el olor a látex, el cuerpo  conocido con el que hace algunos años manejas una de esas historias sui generis, desprovista de romanticismo, de cursilerias, de besos, repletas de palabras secretas y sucesos que solo los dos conocen, es la clandestinidad por excelencia, es el que nadie debe saber donde estas, que haces o quien es el tercero involucrado.

Aun estoy en ese viaje, esta vez estoy sola tomando tazas de café, paseando por librerías y adelantando un poco el trabajo, porque el placer son instantes, el placer es el sorbo, el sabor, la soledad, el viaje, la distancia, el que nadie sepa donde estoy, el orgasmo, el vino y lo disparatados que son los amores clandestinos.

 

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